¡Qué se paren los cuencanos!

Esta frase, frecuentemente coreada en el estadio Alejandro Serrano Aguilar para apoyar al equipo colorado, es muy bien traída en estas épocas en que el letargo y la sumisión empiezan a ser rasgos predominantes en la personalidad de los otrora aguerridos ciudadanos de esta ciudad.

A pesar de ser -todavía- la tercera ciudad más importante del Ecuador, y una de las principales plazas contribuyentes al erario nacional, hemos sido testigos de como varios actores e instituciones se han burlado de Cuenca: condicionando fondos para obras, amenazando a dirigentes gremiales y autoridades o dilatando procesos e investigaciones.

El aeropuerto, el tranvía, la autopista Cuenca — Azogues, la Ordóñez Lazo, el puente de Sixto, la vía Girón-Pasaje, y un largo etcétera, son algunos de los “dolores de cabeza” que, aunque suene increíble, no han logrado todavía despertar un reclamo masivo y justificado de la ciudadanía.

Con impotencia vemos que las exigencias presentadas a través de las instancias oficiales no pasan de ser un saludo a la bandera, y nos contentamos con creer en el mismo discurso de voluntad y trabajo que presenta el ministro de turno en su visita semestral de cumplimiento del POA dese hace casi ya una década.

Ya en algún momento nos organizamos y pudimos reclamar masivamente por la seguridad en Cuenca, y hubo resultados. Está en nosotros en salir a las calles y exigir las obras que necesita y merece la ciudad.

¡Qué se paren los cuencanos!

¿Antes se leía más?

leiamas¿Se puede aseverar que hoy se lee menos? Hasta no revisar un estudio completo respecto al tema, podemos construir varias teorías al respecto. La más difundida, y obvia, es que el avance de los medios audiovisuales han alejado a las personas de la lectura. Por supuesto, si analizamos las estadísticas de ventas de periódicos y revistas, este supuesto parecería encontrar un respaldo estadístico.

Sin embargo, este observación superficial no llega a medir cuánto lee la gente, sino únicamente cuántos soportes físicos de comunicación se venden. Esta condición, sin mayor rigurosidad científica, puede comprobarse planteando algunas escenas cotidianas.

Hasta hace un par de décadas, las fuentes de acceso a la información se limitaban a libros, periódicos y revistas. Así, para poder encontrar conocimiento específico sobre algo que nos interese, había que esperar a que nos llegue el último número de alguna revista de suscripción o tener la fortuna de hallar alguna rareza en las bibliotecas locales.

Gracias al internet, hoy tenemos acceso directo, inmediato y en muchos casos gratuito a una variedad de artículos, manuales, foros, blogs, listas, libros, etcétera; espacios virtuales que permiten encontrar información sobre cualesquier ciencia, pasatiempo o necesidad que tengamos. Por ende, es lógica una disminución en ventas de publicaciones, mas no de la lectura como actividad.

Incluso, podemos hacer un pequeño experimento. Una cuenta de twitter con, más o menos, 23 000 actualizaciones, cada una con una media de 100 caracteres, ha producido un contenido 2 300 000 caracteres. Si alguien ha seguido desde el inicio a esta cuenta, habría leído el equivalente al libro de Don Quijote de la Mancha.

En definitiva, considero que lo que que ha ocurrido es un cambio de la plataforma que utilizamos para leer. Desde siempre la lectura se ha presentado como un pasatiempo que no necesariamente le gusta a todos.

El fin de la acumulación de objetos en nuestros hogares

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Quienes tenemos un poco más de treinta años estamos viviendo el cambio de paradigma respecto a la acumulación de pertenencias dentro de nuestros hogares.

Si hacemos el ejercicio de visualizar como era nuestra infancia en las casas de nuestros padres y abuelos describiremos un escenario con varios juegos de muebles de muchos años de antigüedad; vajillas del diario y vajillas finas; cientos de adornos, figuritas y recuerdos de celebraciones religiosas; electrodomésticos por duplicado y un largo etcétera.

Recorrer las bodegas de la casa se convertía en una aventura de conocer la historia de la familia a través de fotografías antiguas, bicicletas oxidadas de nuestros hermanos, electrodomésticos dañados, frascos, botellas, etc. Todo esto se guardaba bajo la premisa de que “algún día iba a servir”, bien sea para deshuesarlo para repuestos, para regalar a alguien, para vender…; mas en el 90% de los casos, ninguno de los supuestos se cumplía.

Asimismo, todos coleccionábamos algo: CD, libros, envases de cerveza, cajas de fósforos, frascos de perfume, gorras, llaveros, carros de juguete. Y estos ítems estaban debidamente exhibidos en amplias repisas en nuestros dormitorios o en el tradicional “estudio” de la casa.

En definitiva, en nuestro imaginario el poseer o el rodearnos de un sinnúmero de bienes materiales —al margen de que estén en buen estado o sean simplemente chatarra— nos daba esa percepción de seguridad, de respaldo de poseer patrimonio, de haber conseguido algo durante la vida.Por supuesto, esta percepción es perfectamente razonable si analizamos algunos factores que, hasta hace muy poco, influían en nuestro medio:

  • Disponibilidad de espacio: Hasta hace 20 años, las casas “pequeñas” tenían al menos unos 200 metros; por lo que el disponer de lugar donde almacenar “cosas” no era problema.
  • Acceso a productos: La oferta de productos en los comercios locales no era tan amplia como ahora (sin mencionar la infinita oferta online); de tal suerte que si alguien poseía algún objeto original o diferente, sin duda buscaría conservarlo de por vida.
  • Calidad: Un juego de muebles de sala de hace 30 años se fabricaba con madera sólida, lacas de alto tráfico y tapices importados que hacían que el mueble dure toda una vida. Si cambiaba la distribución de la casa, había que buscar un lugar para poner esos muebles pues todavía estaban “intactos”.
  • Poder adquisitivo/precio: De la mano del punto anterior, al bajar la calidad los productos también han bajado su precio. Además, ahora que tenemos una moneda fuerte, el acceso a productos importado es mucho más fácil (una tostadora cuesta menos que una salida a comer sencilla). Con esto, sabemos que si un accesorio, un electrodoméstico o un aparato electrónico se daña o ya no nos sirve, pues simplemente se bota y se reemplaza. Ya no se lo guarda.

Si comparamos, nuestra realidad actual es muy distinta.

  • Los nuevas viviendas o son departamentos pequeños de 80 a 100 metros, o casas pequeñas adosadas en las afueras. Los espacios son optimizados al máximo. En las bodegas alcanza para guardar el árbol de navidad y un par de ítems. Nada más.
  • Libros, CD, álbumes de fotos, cartas, documentos, archivos, videos, planos, manuales, instrucciones de uso, cuadernos, todos estos ítems que antes ocupaban decenas de anaqueles, hoy han sido suplantados por Dropbox, Spotify, Netflix y la web.
  • Todo es chino: descartable, plástico y de fácil reposición.
  • El tradicional “estudio” de las casas es ahora laptop en el comedor.

Finalmente, el hecho de que la gente no pueda acumular o tener las mismas cosas que tenía en el pasado no creo que debería entenderse como que “se ha puesto en un segundo plano el consumismo”. Simplemente, ahora hay otras cosas materiales que nos hacen “felices”.

No obstante, el compartir tiempo con nuestros seres queridos será siempre aquello que, al final del día, realmente lo que tiene valor en la vida.

¿Es correcto decir a alguien “bloguero” o “tuitero”?

tuiteroSi bien cada vez es menos frecuente, todavía hay profesionales y medios de comunicación que utilizan las palabras bloguero o tuitero para, de alguna manera, “etiquetar” a estos usuarios asumiendo que tal actividad (tuitear o bloguear) les hace merecedores de un oficio específico, un hobbie o hasta de una profesión.

Incluso, en la época de auge y expansión de los blogs, se llegó a hablar de parámetros especializados para ser un bloguero “profesional”; especificándose ciertos criterios de forma, de fondo y hasta de línea editorial; asumiendo ingenuamente que un soporte tan versátil podía ajustarse a la limitada visión de unos pocos “expertos”.

Un blog o una cuenta de Twitter será simplemente lo que su propietario quiera que sea: un diario personal, un catálogo de productos, un recetario, una revista online, un portal de noticias, una galería fotográfica…

El querer etiquetar a alguien como bloguero o tuitero es, por lo menos, ambiguo. Quienes utilizan estas redes sociales son, ante todo, gente que tiene una vida forjada a lo largo de los años: escritores, economistas, taxistas, diseñadores, chefs, peluqueras, estudiantes… que lo único que pretenden es utilizar estas plataformas de comunicación para promocionar su negocio, entretenerse, hacer amigos o simplemente expresarse con libertad.

“Un blog es un cuaderno inteligente, pero sin una mano que escriba en él, no es nada” — Hernán Casciari

¿Aprender ortografía? ¡Pero si no quiero ser escritor!

ortograf.jpegEl escribir correctamente puede parecer una cualidad de poetas, literatos o periodistas; sin embargo, basta con contar el número de correos electrónicos, informes laborales, tuits o publicaciones en Facebook que producimos cada día para darnos cuenta que tenemos una nueva faceta personal: somos escritores.

Una vez asumido que tenemos este nuevo oficio, obviamente querremos hacerlo bien. Como toda nueva destreza, el dominio de la gramática y la ortografía requiere de esfuerzo y dedicación; sin embargo, la lengua es generosa con sus seguidores y de inmediato los recompensa.

Para empezar, mejorarán tus calificaciones. Una investigación, un ensayo o un informe que tenga, a más de un sólido contenido, una presentación impecable sin duda recibirá una nota más alta. Asimismo, la redacción de correos electrónicos más claros, informes con menos ambigüedades o propuestas más coherentes conducirán a que tu rendimiento laboral sea más alto.

Pero más importante aun es que eres lo que escribes. La manera como te expresas a través de la escritura refleja tu personalidad, cualidades y forma de ser. En esta época de total interconexión digital, a través de los medios sociales tus textos están expuestos al ojo de un número infinito de lectores quienes, con solo revisar un par de tus publicaciones, crearán una imagen y perfil de quien podrías ser: cuidadoso, desorganizado, violento, tímido…

Asimismo, en las redes los internautas no tienen compasión. No titubean en hacer notorio algún horror ortográfico, ni en poner en evidencia al desafortunado autor. Evitemos tal vergüenza.

¿Cuál es el secreto para escribir bien?

Es tan repetido como ignorado: leer y escribir hasta el cansancio. Eso hacen los escritores, y tú eres uno de ellos.

Vida de barrio, nostalgia y añoranza

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Muchos recordamos con nostalgia la vida de barrio de nuestra infancia. Los interminables partidos de fútbol en la calle, las largas sesiones de videojuegos, las aventuras en bicicleta, los paseos fuera de la ciudad, los juegos inventados. En definitiva, algunos de los momentos más felices de nuestra vida.

Y es que todos nos conocíamos dentro de ese espacio geográfico cuidadosamente delimitado que llamábamos “el barrio”, y tal convivencia permitía, a más de la intrépida “vigilancia” entre vecinos, una eficiente organización de actividades sociales y deportivas que se enmarcaban en ese espontáneo sentimiento de pertenencia a la vecindad.

El valiente, el chico de dinero, el buen quiño, el deportista, el estudioso, el músico…; cada personaje del barrio tenía alguna particularidad que aportaba y fortalecía al grupo, a la jorga, y que además eclipsaba las naturales diferencias económicas, sociales o culturales presentes en cualquier sociedad.

Hoy en día los vecindarios son muy distintos a los de hace un par de décadas. El intenso tráfico vehicular, la delincuencia, el progresivo distanciamiento entre las personas, entre otros, son factores que disuaden a los padres de permitir a sus hijos vivir las experiencias descritas: ¿a qué mamá -en su sano juicio- se le ocurriría dejar que su hijo salga a la calle a las 2 pm y regrese 5 horas después?

Asimismo, los niños de la actualidad son, por decirlo de alguna forma, “más sanamente ocupados”. Las actividades extracurriculares en los colegios, así como las academias de artes o deportes copan las tardes de los jóvenes, suplantando aquellos espacios de socialización que se forjaban en los alrededores de la casa.

La señora de la tienda, el vecino malgenio, la casa con el perro bravo, el señor que no devuelve la pelota…; aquella vida de barrio quedó para los niños que hoy crecen en urbanizaciones cercadas y privadas, custodiados bajo el atento “ojo” de padres y vecinos; quienes sin duda crean un espacio más seguro para la familia. Sin embargo, esta nueva vida de barrio no se compara con aquella que nosotros pudimos vivir y que tenía ese agradable saborcito de libertad y rebeldía que solo se puede encontrar en un lugar: la calle.

La Venganza de los Nerds

Son creativos, reservados, pacíficos. Recuerdan su infancia como un mosaico de escenas agridulces que incluyen imágenes de abusos y burlas; así como de un sentimiento de incomprensión y extravagancia que los condujo a crear un escudo intelectual de libros, películas, música, comics y computadoras que los mantenía aislados –y protegidos- del mundo real. Sí, son los nerds, y hoy tienen su revancha.

Ya lo advierten los medios, y con mucha razón: los nerds están dominando el mundo. Basta con revisar las portadas de las revistas más famosas -donde otrora figuraban empresarios o poderosos políticos- para comprobar que hoy los “chicos de portada” son nada más que jovenzuelos, con camisetas, jeans y una tímida mirada. Pero con una capacidad superior para crear nuevas necesidades y conducir a la humanidad a través de la tecnología, la ciencia y el arte.

Sobran ejemplos, no obstante, Mark Zuckerberg, creador de Facebook, es el referente inmediato. Hace 5 años fue elegido Persona del Año 2010, según la revista Time, por “conectar a más de 500 millones de personas y hacer un mapa de las relaciones sociales entre ellos; por crear un nuevo sistema de intercambio de información y por cambiar el modo en que vivimos nuestras vidas”. Este “desadaptado social” hoy amasa una fortuna de 1200 millones de dólares y es la persona más joven en aparecer en la lista de millonarios de la revista Forbes.

Por otra parte, es curioso –y atemorizante- que otro nerd haya sido quien seguía a Zuck en la lista de aspirantes a Persona del Año 2010, y que además haya tenido la mayor votación del público. Se trata del hacker Julian Assange, fundador de la web de filtraciones Wikileaks.

Sin darnos cuenta somos esclavos de los nerds y de sus proyectos. Participamos activamente en sus redes sociales, no podemos vivir sin sus buscadores de internet, vemos sus películas, compramos sus revistas, escuchamos su música. Ya lo advirtió en su momento Bill Gates, “Sé amable con los nerds. Existen muchas probabilidades de que termines trabajando para uno de ellos”. Pero no todos le hicieron caso, y aquellos compañeros de colegio, que eran en ese entonces el referente de ser “popular”, hoy tienen que conformarse con servirles el café a estos atípicos gerentes.

Como van las cosas, el estereotipo de joven exitoso está cambiando. Así que piensa dos veces antes de burlarte de un “ñoño”, talvez termines trabajando para él.

¡Bazzinga!